La territorialista de Fundación PRODERE lleva 14 años dedicada al trabajo con la infancia. Su trayectoria comenzó en un PPF de Viña del Mar y la llevó por distintos programas, territorios y roles hasta asumir hoy el desafío de acompañar a los proyectos desde una mirada territorial.
Hay historias laborales que se construyen con años, pero también con vínculos, aprendizajes y personas que van dejando huella en el camino. La historia de Patricia Magno está hecha precisamente de eso: 14 años dedicados al trabajo con la infancia y una trayectoria que comenzó en 2012 cuando tuvo la oportunidad de ingresar a la Corporación PRODEL a un Programa de Prevención Focalizada (PPF) de Viña del Mar junto a Marina Bustos.
Su primer acercamiento a este mundo fue desde el trabajo directo con niños, niñas y familias. Comenzó como encargada de reinserción escolar y luego asumió el rol de tutora de casos. Más tarde, una nueva oportunidad la llevó hasta la Región de O’Higgins donde terminó construyendo una parte importante de su historia profesional y personal en la comuna de Rengo, territorio en el que permaneció durante once años y donde tuvo la posibilidad de desempeñarse en distintos programas y modalidades de atención.
En esos años, Patricia conoció distintas realidades y acompañó múltiples procesos, transitando por PPF, DAM, el Programa de Reinserción Penal Juvenil CIP CRC Rengo, residencias y DCE. Ese recorrido también fue transformando su manera de mirar el trabajo: desde la intervención directa con niños y niñas hasta un rol que hoy la sitúa detrás de muchos equipos, apoyando y acompañando sus procesos desde una mirada territorial.
Actualmente se desempeña como Encargada Territorial Financiera de las regiones Metropolitana, O’Higgins y Maule, brindando apoyo a los proyectos en materias contables y de recursos humanos y aunque su trabajo hoy tiene otras responsabilidades y desafíos, hay algo que permanece: el vínculo con una labor que conoce desde dentro y que, después de tantos años, sigue teniendo para ella un profundo sentido.
En paralelo a esta trayectoria profesional, Patricia también ha construido su propia historia familiar. Es madre de Tomás (26), Camilo (22) y Rafael (13), tres hijos que forman parte de ese universo personal que acompaña y sostiene su vida cotidiana.
Quizás por eso, cuando Patricia se refiere a su experiencia, no habla solamente de funciones, programas o años de servicio. Habla de personas, de pequeños avances, de aprendizajes y de aquello que permanece incluso después de tantos años. Porque, como ella misma lo resume, los niños y niñas no solo han recibido algo de ella: ellos también le han enseñado muchísimo.
¿Qué la llevó a dedicarse a este trabajo? ¿Hubo algún momento que marcara ese camino?
Mi camino en este trabajo comenzó el año 2012, cuando tuve la oportunidad de ingresar a la Corporación PRODEL en un PPF de Viña del Mar junto a la señora Marina Bustos. Comencé desempeñándome como encargada de reinserción escolar y, posteriormente, asumí el rol de tutora de caso.
En ese momento quizás no imaginaba todo lo que vendría después. Con el tiempo, me ofrecieron la posibilidad de venir a apoyar a la Región de O’Higgins, experiencia que significó un nuevo desafío tanto profesional como personal. Finalmente, la señora Marina me ofreció la oportunidad de quedarme y así llegué a construir una parte muy importante de mi historia en la comuna de Rengo.
Hoy llevo 11 años en Rengo y 14 años compartiendo este camino profesional con la señora Marina, donde he tenido la oportunidad de trabajar en varios programas: PPF, DAM, Programa de Reinserción Penal Juvenil CIP CRC Rengo, residencias y DCE.
Una experiencia que marcó su trayectoria
Creo que llegué a este trabajo porque siempre he sentido una preocupación especial por los niños y niñas y por la importancia que tienen los primeros años en sus vidas. Con el tiempo fui descubriendo que trabajar en infancia no era solamente una labor, sino una forma de aportar y de dejar algo positivo en la vida de otros.
El momento más duro fue trabajar en la residencia, ver a tantos bebés, niños y niñas tan frágiles. Ver que el tiempo pasa y ellos continúan ahí sin poder estar con sus familias de origen ya que ellos fueron quienes los vulneraron; y el sistema no ayuda.
¿Qué parte de su trabajo le sigue emocionando después de tantos años?
Sin duda, ver los pequeños logros. A veces uno puede pensar que se trata de algo muy sencillo, pero detrás de ese pequeño avance puede haber mucho esfuerzo, tanto del niño como de su familia y del equipo que lo acompaña.
Me emociona ver cómo van adquiriendo confianza, cómo se atreven a hacer cosas nuevas y cómo, poco a poco, van descubriendo sus propias capacidades. Después de tantos años, eso sigue siendo algo que me llena y me recuerda por qué hago este trabajo.
¿Qué has aprendido de ti misma trabajando en infancia que no habrías aprendido en otro lugar?
He aprendido mucho sobre mí. Principalmente, he aprendido a ser más paciente, a escuchar de verdad y a no apresurar los procesos. Trabajar con niños me ha enseñado que cada uno tiene su propio ritmo y que muchas veces hay que aprender a mirar más allá de lo evidente.
También he aprendido que no siempre tenemos todas las respuestas y que debemos estar dispuestos a aprender todos los días. La infancia me ha enseñado a valorar los pequeños detalles, a ser más empática y, sobre todo, a entender que detrás de cada niño hay una historia, una familia y un mundo que debemos respetar.
¿Qué le gustaría que las personas comprendieran sobre el trabajo que realizan y que muchas veces no se ve?
Me gustaría que las personas pudieran ver todo aquello que ocurre detrás de nuestro trabajo y que muchas veces queda invisible.
Trabajar en infancia no es solamente realizar actividades o cumplir una función. Es observar constantemente, escuchar, contener, acompañar, preocuparse, buscar soluciones y estar atentos a cada necesidad. Muchas veces también significa llegar a casa pensando en alguna situación o en cómo podemos hacer mejor las cosas al día siguiente.
Hay mucho esfuerzo, compromiso y cariño detrás de cada niño que atendemos. Y quizás lo más importante es entender que cada pequeño avance tiene detrás a muchas personas trabajando para que ese niño pueda sentirse seguro, querido, valorado y capaz.
Para mí, trabajar en la infancia ha sido también una oportunidad de crecer como persona. Y después de tantos años, puedo decir que los niños y niñas no solo han recibido algo de mí, ellos también me han enseñado muchísimo a mí.


