En una sociedad que suele celebrar la juventud, la velocidad y la productividad, la vejez nos plantea una pregunta esencial: ¿Somos capaces de reconocer el valor de una persona cuando ya no responde a las exigencias de un mundo que parece medirlo todo en términos de rendimiento y autonomía?
La edad puede cambiar el cuerpo, modificar las capacidades y transformar la manera de habitar el mundo, pero nunca debería disminuir el derecho a ser tratado con respeto. Una persona no pierde su valor al jubilarse, enfermar ni necesitar ayuda para realizar las actividades cotidianas.
En “La vejez”, publicado en 1970, la filósofa francesa Simone de Beauvoir examinó críticamente las condiciones sociales que pueden convertir el envejecimiento en una experiencia de exclusión. Su reflexión mantiene plena actualidad: una comunidad que relega a quienes dejan de participar activamente en la producción económica corre el riesgo de volverlos invisibles. Sin embargo, necesitar cuidados no significa perder la propia identidad, del mismo modo que dejar de trabajar no equivale a dejar de contribuir al mundo.
Garantizar una vida plena durante la ancianidad exige mucho más que asistencia médica o protección material. Supone preservar los vínculos afectivos, escuchar la voluntad individual y respetar el derecho a participar en las decisiones que afectan la propia existencia. También requiere enfrentar realidades dolorosas, como el abandono, la soledad no deseada, la pobreza o el maltrato. Cuidar implica atender las necesidades de cada persona sin olvidar su historia, sus preferencias y sus derechos.
Las personas mayores son, además, memoria viva de nuestras familias y comunidades. En sus experiencias habitan saberes, tradiciones y relatos que permiten comprender de dónde venimos. Sin embargo, su importancia no depende exclusivamente de aquello que pueden transmitir a las nuevas generaciones. Su presencia merece consideración incluso cuando una enfermedad dificulta la comunicación, cuando necesitan asistencia permanente o cuando ya no pueden compartir sus recuerdos.
El envejecimiento forma parte de la condición humana. Por eso, la manera en que una sociedad acompaña a quienes llegan a edades avanzadas revela mucho sobre sus principios, sus prioridades y su capacidad de solidaridad. La verdadera medida de una comunidad no está solamente en cómo protege a quienes comienzan la vida, sino también en cómo acompaña a quienes han recorrido buena parte de ella. La longevidad, por sí sola, no basta, importa que los años vividos transcurran con seguridad, afecto y reconocimiento.
Desde esta comprensión del valor de cada vida es que cobra sentido la trayectoria de Fundación PRODERE. Desde sus inicios, la institución ha desarrollado su labor inspirada por la filantropía y una profunda vocación de servicio hacia personas y grupos que enfrentan situaciones de vulnerabilidad. Su trabajo en programas como Diagnóstico Clínico Especializado, Diagnóstico Ambulatorio y el Programa Abriendo Caminos expresa un compromiso con la protección de derechos y el acompañamiento de distintas realidades sociales.
Hoy, esa trayectoria abre una nueva perspectiva. Fundación PRODERE se propone ampliar su ámbito de acción e incorporar a las personas mayores, extendiendo su compromiso hacia otra etapa de la existencia. Esta decisión representa tanto una oportunidad de crecimiento institucional como la continuidad de una convicción: promover condiciones de vida adecuadas para quienes requieren apoyo y protección.
En ese horizonte se encuentra el trabajo que la institución está desarrollando para explorar nuevas posibilidades de acción vinculadas a los Establecimientos de Larga Estadía para Adultos Mayores (ELEAM). Este proyecto constituye una expresión concreta de la ampliación de su labor y plantea el desafío de contribuir a espacios donde la atención esté acompañada de respeto y el reconocimiento de la individualidad de cada residente.
Cuando las instituciones ponen sus capacidades al servicio de quienes requieren apoyo, contribuyen al bienestar colectivo y ayudan a enfrentar realidades que no pueden quedar al margen. Desde esa convicción, ampliar la mirada hacia la edad avanzada supone asumir que el deber de cuidar trasciende las generaciones y constituye una responsabilidad compartida. En este nuevo capítulo, Fundación PRODERE busca extender su vocación hacia quienes envejecen, sumándose al esfuerzo colectivo por construir una sociedad más justa.
La humanidad de una sociedad se mide también por la forma en que acompaña a quienes envejecen.


